miércoles, 21 de agosto de 2013

Delinque desde la legalidad y vencerás.

En este mundo en que vivimos, las apariencias son lo más importante. Lo que aparentas ser, para la mayoría, es lo que eres. Independientemente de la opinión que esto le merezca a cada uno, lo cierto es que quien se haya quitado el velo de la ingenuidad podrá palpar diariamente que este adagio posee toda la validez posible, y podrá darse cuenta también que las personas que entienden la supremacía de las apariencias sobre la esencia (o sea, del parecer sobre el ser), utilizan este pensamiento a su favor para obtener poder y estatus social.

Para ilustrar esto un poco, es preciso un ejemplo. Aquel individuo o grupo que abiertamente haga el mal, que asuma honestamente su tendencia antisocial y la materialice con actos perjudiciales, quedará inmediatamente en la memoria de la comunidad como perverso y terrorista. Eso es totalmente válido, pero por otro lado, un individuo o grupo, que estando formalmente del lado de la legalidad e investido de las facultades y dignidades que esa posición le otorgan, podrá hacer el mal de manera oculta cuantas veces le sea posible, pues mientras su actos no sean descubiertos y mostrados al público, siempre conservará su honorabilidad y así quedará en la memoria de los que nunca conozcan su verdad.

Si se entiende este ejemplo, se descubrirá la veracidad de la frase del principio. No es solamente ser, sino parecer. Quien delinque y aparenta bondad y rectitud, le lleva una vasta ventaja al que delinque y se halla ante la opinión pública como lo que es, un delincuente.

Esta cuestión es clara y sobre ella podemos encontrar infinidad de ejemplos en todos los ámbitos de la vida. En el ámbito que nos concierne, que es el político-social, es donde se presentan con mayor frecuencia y gravedad estos casos; dado que tenemos tantos personajes aparentemente del lado de la legalidad, aprovechándose de esta situación para mantener a las masas pobres e ignorantes, víctimas de una perversa guerra entre ellos y sus enemigos. Por otro lado, tenemos a los grupos que actúan al margen de la ley y que son objetivo constante de la opinión pública y de los políticos para todas sus jugadas.

Un gobierno elegido “democráticamente” está en capacidad de hacer un mal más ostensible que un grupo terrorista por los siguientes motivos: Primero, porque se haya dentro de la legalidad y posee la confianza de la mayoría; Segundo, porque sus actuaciones se presumirán válidas hasta tanto se demuestre lo contrario, y demostrar esto puede ser peligroso; Tercero, porque tienen a su favor a los medios de comunicación, quienes se encargan al mismo tiempo de ofrecer una información parcializada de los acontecimientos relevantes; y Cuarto, porque en pueblos dóciles como el nuestro la autoridad se respeta sin chistar.

Teniendo esto claro, entenderemos por qué en los países como Colombia la corrupción a pequeña y gran escala está a la orden del día, y al ser esta practicada finalmente por sucios intereses económicos, agrava inexorablemente los problemas que supuestamente los gobiernos quieren día a día solucionar: la brechas tan amplias de desigualdad, los conflictos armados, la precaria educación, la ineficaz administración de justicia, etc. Problemas que llevan muchas décadas afligiendo a estos países y que a la luz de hoy, aunque se hayan mitigado algunos de estos, no encuentran una solución general.

Tantas son las injusticias que se han cometido auspiciadas por los poderosos en detrimento de los más débiles, que un descontento generalizado en la población afectada es apenas obvio. El Estado se proclama garante y protector de los derechos de todos pero la realidad material evidencia otra cosa, nos muestra que los supuestos servidores de la comunidad no son sino servidores de los intereses de ellos mismos y de sus cómplices, aquellos que no ostentan dignidades políticas pero que con su poder económico tienen una voz muy fuerte en todo lo que se hace y deja de hacerse en asuntos de interés público.


Es una lástima escuchar a las personas referirse al conflicto armado en Colombia como el primer y último mal que nos aqueja, como la génesis de todos los infortunios sufridos por nuestro pueblo a lo largo de las décadas. No tienen idea de lo equivocados que están. El conflicto armado, más que una causa, es una consecuencia de la degeneración social que nos rodea desde el principio; no hace 10 ni 50 años, hace siglos; y es esa misma degeneración la que se halla en todos los sectores de la sociedad; no sólo en la clase menos favorecida, sino también en la clase alta tradicional, en la oligarquía que desde los tiempos coloniales ha ostentado el poder político y económico y que desde la legalidad ha delinquido más que cualquier grupo ilegal pero que a pesar de todo, aún sigue venciendo.

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