En este mundo en que vivimos, las apariencias son lo más
importante. Lo que aparentas ser, para la mayoría, es lo que eres.
Independientemente de la opinión que esto le merezca a cada uno, lo cierto es
que quien se haya quitado el velo de la ingenuidad podrá palpar diariamente que
este adagio posee toda la validez posible, y podrá darse cuenta también que las
personas que entienden la supremacía de las apariencias sobre la esencia (o
sea, del parecer sobre el ser), utilizan este pensamiento a su favor para
obtener poder y estatus social.
Para ilustrar esto un poco, es preciso un ejemplo. Aquel
individuo o grupo que abiertamente haga el mal, que asuma honestamente su
tendencia antisocial y la materialice con actos perjudiciales, quedará
inmediatamente en la memoria de la comunidad como perverso y terrorista. Eso es
totalmente válido, pero por otro lado, un individuo o grupo, que estando
formalmente del lado de la legalidad e investido de las facultades y dignidades
que esa posición le otorgan, podrá hacer el mal de manera oculta cuantas veces
le sea posible, pues mientras su actos no sean descubiertos y mostrados al
público, siempre conservará su honorabilidad y así quedará en la memoria de los
que nunca conozcan su verdad.
Si se entiende este ejemplo, se descubrirá la veracidad
de la frase del principio. No es solamente ser, sino parecer. Quien delinque y
aparenta bondad y rectitud, le lleva una vasta ventaja al que delinque y se
halla ante la opinión pública como lo que es, un delincuente.
Esta cuestión es clara y sobre ella podemos encontrar
infinidad de ejemplos en todos los ámbitos de la vida. En el ámbito que nos
concierne, que es el político-social, es donde se presentan con mayor
frecuencia y gravedad estos casos; dado que tenemos tantos personajes
aparentemente del lado de la legalidad, aprovechándose de esta situación para
mantener a las masas pobres e ignorantes, víctimas de una perversa guerra entre
ellos y sus enemigos. Por otro lado, tenemos a los grupos que actúan al margen
de la ley y que son objetivo constante de la opinión pública y de los políticos
para todas sus jugadas.
Un gobierno elegido “democráticamente” está en capacidad
de hacer un mal más ostensible que un grupo terrorista por los siguientes
motivos: Primero, porque se haya dentro de la legalidad y posee la confianza de
la mayoría; Segundo, porque sus actuaciones se presumirán válidas hasta tanto
se demuestre lo contrario, y demostrar esto puede ser peligroso; Tercero, porque
tienen a su favor a los medios de comunicación, quienes se encargan al mismo
tiempo de ofrecer una información parcializada de los acontecimientos
relevantes; y Cuarto, porque en pueblos dóciles como el nuestro la autoridad se
respeta sin chistar.
Teniendo esto claro, entenderemos por qué en los países
como Colombia la corrupción a pequeña y gran escala está a la orden del día, y
al ser esta practicada finalmente por sucios intereses económicos, agrava
inexorablemente los problemas que supuestamente los gobiernos quieren día a día
solucionar: la brechas tan amplias de desigualdad, los conflictos armados, la
precaria educación, la ineficaz administración de justicia, etc. Problemas que
llevan muchas décadas afligiendo a estos países y que a la luz de hoy, aunque
se hayan mitigado algunos de estos, no encuentran una solución general.
Tantas son las injusticias que se han cometido auspiciadas
por los poderosos en detrimento de los más débiles, que un descontento generalizado
en la población afectada es apenas obvio. El Estado se proclama garante y
protector de los derechos de todos pero la realidad material evidencia otra
cosa, nos muestra que los supuestos servidores de la comunidad no son sino
servidores de los intereses de ellos mismos y de sus cómplices, aquellos que no
ostentan dignidades políticas pero que con su poder económico tienen una voz muy
fuerte en todo lo que se hace y deja de hacerse en asuntos de interés público.
Es una lástima escuchar a las personas referirse al
conflicto armado en Colombia como el primer y último mal que nos aqueja, como
la génesis de todos los infortunios sufridos por nuestro pueblo a lo largo de
las décadas. No tienen idea de lo equivocados que están. El conflicto armado,
más que una causa, es una consecuencia de la degeneración social que nos rodea
desde el principio; no hace 10 ni 50 años, hace siglos; y es esa misma
degeneración la que se halla en todos los sectores de la sociedad; no sólo en
la clase menos favorecida, sino también en la clase alta tradicional, en la
oligarquía que desde los tiempos coloniales ha ostentado el poder político y
económico y que desde la legalidad ha delinquido más que cualquier grupo ilegal
pero que a pesar de todo, aún sigue venciendo.
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